Era
enero
y
yo ya dibujaba mis intenciones
de
escribir odas al sol que sembraría primavera en tus pestañas.
Ingenua
la esperanza,
sin
saber que lo único que mis manos harían
sería
buscar tu voz entre el aullar del gentío,
porque
no quedan ya más aventuras
que
esconderme tras las esquinas
de
recuerdos ajenos
por
si debiera cruzarme con tu fantasma
e
invitarlo a bailar
en
la acera que cruza
la
calle principal
de
cada ciudad que no conquistamos.
Era
enero
y
a mi ya me parecía ver rosas crecer
entre
los acordes de cada canción que hicimos nuestra.
Ahora
dime,
¿cómo
voy a escribirle a la primavera?
Si
han muerto todas las flores de mi jardín
desde
que no viene tu risa
a
darles de beber.
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