martes, 28 de abril de 2015

Mars, mars...

Era enero
y yo ya dibujaba mis intenciones
de escribir odas al sol que sembraría primavera en tus pestañas.

Ingenua la esperanza,
sin saber que lo único que mis manos harían
sería buscar tu voz entre el aullar del gentío,

porque no quedan ya más aventuras
que esconderme tras las esquinas
de recuerdos ajenos
por si debiera cruzarme con tu fantasma
e invitarlo a bailar
en la acera que cruza
la calle principal
de cada ciudad que no conquistamos.

Era enero
y a mi ya me parecía ver rosas crecer
entre los acordes de cada canción que hicimos nuestra.

Ahora dime,

¿cómo voy a escribirle a la primavera?
Si han muerto todas las flores de mi jardín
desde que no viene tu risa
a darles de beber.

martes, 7 de abril de 2015

01/2014

A día de hoy, aún recuerdo el momento exacto en el que decidí que eras arte.

Durante años había conocido muchas miradas azules antes de aquella gélida tarde de diciembre, pero era invierno, el cielo se escondía bajo espesas y grisáceas nubes y aún así, todo lo que mis ojos veían era azul, azul, azul. Regalabas armonía a mis noches cuando, bajo una infinita bóveda estrellada, mi alma se balanceaba entre las cuerdas de tu violín al son de Los Veinticuatro Caprichos de Paganini. Veinticuatro. Así como veinticuatro años de caricias no serían suficientes para moldearte bajo el roce de las gruesas sábanas de franela y que te quedaras para siempre refugiado en el calor de las palmas de mis manos. 

Amor, si Isabel I de Castilla pudiera lamentarse allá donde esté, maldeciría el no haber apoyado la expedición a través de los lunares que adornan tu espalda. Porque, ¿quién necesita un nuevo continente teniendo un corte como el que decora tus pómulos?
Amor, Isabel la Católica perdería toda fe si conociera el azul de tus ojos, pues nadie sería capaz de imaginar cielo más exquisito ni dios más cautivador.

Amor.

¿Crees que si Miguel Ángel hubiera respirado contra el filo de tu clavícula, habría soñado con esculpirte? 

Ni siquiera sé qué habrá de cierto en la locura que adornaba su mente, pero si algo puedo afirmar con completa certeza, es que si del destino dependiera, se fundarían escuelas que enseñaran cómo inmortalizar los pliegues que puntean el contorno de tus ojos cuando sonríes.

Bien sabes que no habría torre capaz de custodiar la bahía que adorna el filo de tu pupila. ¿Quién necesita un montón de piedras pudiendo contemplar la sombra de tus pestañas plasmada contra tus mejillas desde el otro lado de la almohada? Perdona que no hable sobre tus piernas, entrelazadas con las mías durante todos aquellos amaneceres donde mi única meta fue nombrar todos y cada uno de los barrotes que protegían tu mirada. Perdona que no señale cómo el suelo por el que pisábamos reflejaba la luz del sol sólo porque tus talones lo acariciaban. ¿Te has percatado de cómo Marte brillaba con más intensidad durante las noches en las que tu risa escapaba a través del diáfano ventanal, inundando el firmamento?


Lo recuerdo.

Memorias de aquellos instantes, donde nuestros pies bailaban de sala en sala al ritmo de creaciones antepasadas, inundan hoy mis pensamientos. Aquellos breves segundos durante los que mis ojos tropezaron con el enigmático semblante de La Gioconda, comprendí que hay sonrisas milenarias indescifrables y miradas fugaces que esconden la más pura majestuosidad.

Un momento después, te miré. Me miraste.

A día de hoy, aún recuerdo el momento exacto en el que decidí que eras arte.