A
día de hoy, aún recuerdo el momento exacto en el que decidí que
eras arte.
Durante años había conocido muchas miradas azules
antes de aquella gélida tarde de diciembre, pero era invierno, el
cielo se escondía bajo espesas y grisáceas nubes y aún así, todo
lo que mis ojos veían era azul, azul, azul. Regalabas armonía a mis
noches cuando, bajo una infinita bóveda estrellada, mi alma se
balanceaba entre las cuerdas de tu violín al son de Los Veinticuatro
Caprichos de Paganini. Veinticuatro. Así como veinticuatro años de
caricias no serían suficientes para moldearte bajo el roce de las
gruesas sábanas de franela y que te quedaras para siempre refugiado
en el calor de las palmas de mis manos.
Amor,
si Isabel I de Castilla pudiera lamentarse allá donde esté,
maldeciría el no haber apoyado la expedición a través de los
lunares que adornan tu espalda. Porque, ¿quién necesita un nuevo continente teniendo un corte como el que decora tus
pómulos?
Amor, Isabel la Católica perdería toda fe si conociera el azul de tus ojos, pues nadie sería capaz de imaginar cielo más exquisito ni dios más cautivador.
Amor, Isabel la Católica perdería toda fe si conociera el azul de tus ojos, pues nadie sería capaz de imaginar cielo más exquisito ni dios más cautivador.
Amor.
¿Crees
que si Miguel Ángel hubiera respirado contra el filo de tu
clavícula, habría soñado con esculpirte?
Ni
siquiera sé qué habrá de cierto en la locura que adornaba su mente, pero si algo puedo afirmar con completa certeza, es que
si del destino dependiera, se fundarían escuelas que enseñaran cómo inmortalizar los pliegues
que puntean el contorno de tus ojos cuando sonríes.
Bien
sabes que no habría torre capaz de custodiar la
bahía que adorna el filo de tu pupila. ¿Quién necesita un montón de piedras pudiendo contemplar la sombra de tus pestañas plasmada
contra tus mejillas desde el otro lado de la almohada? Perdona que no
hable sobre tus piernas, entrelazadas con las mías durante todos
aquellos amaneceres donde mi única meta fue nombrar todos y cada uno
de los barrotes que protegían tu mirada. Perdona que no señale cómo
el suelo por el que pisábamos reflejaba la luz del sol sólo porque
tus talones lo acariciaban. ¿Te has percatado de cómo Marte
brillaba con más intensidad durante las noches en las que tu risa
escapaba a través del diáfano ventanal, inundando el firmamento?
Lo
recuerdo.
Memorias
de aquellos instantes, donde nuestros pies bailaban de sala en sala
al ritmo de creaciones antepasadas, inundan hoy mis pensamientos.
Aquellos breves segundos durante los que mis ojos tropezaron con el
enigmático semblante de La Gioconda, comprendí que hay sonrisas
milenarias indescifrables y miradas fugaces que esconden la más pura
majestuosidad.
Un
momento después, te miré. Me miraste.
A
día de hoy, aún recuerdo el momento exacto en el que decidí que
eras arte.
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