Sin haber pisado París
juraría que puedo distinguir su risa
entre el aullar del viento que arropa la Torre Eiffel.
Juraría que puedo dibujar el eco de sus pasos
trazando el Bulevar de los Italianos,
como si su mera presencia
no fuese suficiente para romper todos los esquemas,
como si el Sena fuese algo más
que la almohada bañada en lágrimas
de una ciudad que se muere por adivinar cada uno de sus suspiros.
Juraría que puedo respirar el humo de aquel cigarrillo que nunca pisó,
como si no me ahogase la hipoteca
por vivir en el ala este de sus ganas de huir.
Sin haber pisado París
he sido turista en el museo que encierra
todas las calles que no deshojamos,
y no sé cómo disfrazar eso de poesía.